Foto: Carlos Nava.

Don Leandro

Por: Carlos Nava

 

22 de Julio, 11:15 p.m. Tirado sobre la tierra húmeda que le enfría el vientre deduce que ha sido una piedra de la cerca la que le ha caído en el tobillo, con el tacón de la bota derecha logra empujarla y liberarse. Se arrastra, calcula unos tres metros, se inca, y recarga su rifle (un 7 mm), jala el cerrojo, recargada la mejilla sobre la culata, inhala buscando su objetivo, observa como la luna se refleja sobre las partes más desgatadas del arma, apunta y mientras exhala tira del gatillo, siente el potente retroceso del rifle sobre su hombro.

—Cinco…

 Jala de nuevo del cerrojo, apunta y tira del gatillo.

—Seis…

Justo cuando ha sentido el frío del metal en la yema de los dedos que buscaban un peine con seis nuevas balas dentro de su chamarra, el viento le trae el tranquilizador sonido de un motor al encenderse, respira y hecha un último vistazo sobre la cerca con los prismáticos, efectivamente, comienzan la retirada, suben a un gordo chistoso y a un flaco muy pequeño a la caja de su camioneta, el último no hace por moverse y el otro va herido. Se van los cuatro, el polvo del camino y la noche cubre la camioneta mientras bajan rumbo a “Los leones”.

Ahora si hay tiempo para sentir el dolor, la sangre llena todo alrededor y siente una punzada con cada latido del corazón, recarga el cañón del rifle en la tierra y el cuerpo en la culata, decide que le servirá de bastón hasta llegar a su caballo, que dejó escondido detrás de la choza que funciona de bodega. Cae al suelo don Leandro al topear con la cubeta que ha utilizado para remojar el papel con el que le ha hecho unos tapones para los oídos de Fulgor.

 

22 de julio, 1:20 p.m. El monte está muy calmado, como siempre, solo se escucha el viento cortado por la hierba alta y uno que otro bramido suelto por allá donde está el ganado (unas 5 vacas y 8 becerros). Sonidos que de tanto escucharlos don Leandro se ha vuelto sordo a ellos.

Es primavera, de esos días raros en los que el sol pica de diez a tres, por la tarde llueve y el vapor se levanta del suelo para hacernos sudar, está refugiado a la sombra del árbol más tupido de su propiedad y a ese ensordecedor silencio solo lo rompe una piedra raspando la hoja de un machete que se sostiene de su mano.

Hay en sus tierras una empinada ladera, en la última planicie está la choza, el árbol y él. Unos trescientos metros abajo comienza el corral. Atravesándolo unos cincuenta más allá hay una puerta de tubo amarrada con alambres a sus postes enterrados. Esta propiedad de unas veinte hectáreas de tierra (que apenas da algo) y lo que hay en ella, una casa de seis cuartos en el pueblo y el único camión de pasajeros que penosamente hace el recorrido a la ciudad dos veces al día, son todo lo que tiene a sus sesenta años, (muy poco o mucho según quién), pero la verdad es más que suficiente para ser el “riquillo del pueblo”.

Solía mirarse las manos y llenarse de orgullo al pensar que todo lo que tiene lo había hecho él solo con esas manazas duras, rasposas y pesadas. Como todo el que se atrevía a querer más en ese pueblo, había pasado de joven largas temporadas ganándoselo en Estados Unidos.

Era un pueblo alejado de todo, con una sola entrada, tres calles y un ecosistema social que a base de algunas armas en cada casa se había encontrado su propia definición de paz. Nadie sabría decirte a quién se le ocurrió fundar ahí, esa tierra rocosa y escondida parecía que solo sabía dar gente, algunos tenían la sensación de que si un día se borraban del mapa nadie se enteraría. Dirá un presidente municipal aparcado en su escritorio: “¿Un pozo de agua allá arriba?, ¿para qué?, lo que yo haga en ese pinche pueblo nadie se va a enterar.

 

Estaba sacando filo a su machete, cuando interrumpió su casi meditativa labor el sonido de un camión que se acercaba, de forma muy natural hizo la geometría mental del lugar por donde entraría, calculó el tiempo que tenía y se hizo del mejor punto de observación sin ser visto.

Del camión azul rey bajaron tres hombres con sombrero, por la forma de vestir y de caminar supo quiénes eran, de dónde eran y más importante aún, a qué venían. Son estas las habilidades que esta gente desarrolla al hacerse viejo en un lugar como el que les platico: 1. El camión no era de su pueblo, ahí habrá unas cuatro o cinco y ninguna es azul, más aún a este lo ha visto pasar hacia “Los leones” varias veces, asume que es de ahí. 2. el primer hombre a su izquierda lleva una camisa muy blanca para alguien que “sabe trabajar” en lo que don Leandro definiría como “trabajar”, debe ser ese que antes fue judicial y ahora se esconde para robar; 3. El que estaba en medio manquea de la pierna izquierda y al señalar no puede  estirar completamente el brazo (era jinetillo de jaripeo), lo vio entrar al villar con un carnicero de la ciudad, debe ser quien va a vender la carne;  4. El último: un gordo chistoso, de camisa colorida y sombrero poco usual de palma, es quien maneja el camión y seguramente el dueño, lo conoce bien, de vista, diría; lo ve subirse a su camión de pasajeros con su señora unas dos o tres veces por semana, le parece extraño verlo ahí pero asume que lo han convidado al negocio bajo la condición de que participará con el camión azul;  5. “ Ningún cabrón de esos, ni las putas de sus madres tienen razón para estar dentro de mis tierras sobando el lomo de mis animales con esa  mirada”. Han creído que todos están  en el pueblo porque hay fiesta,  vinieron  a ver qué había en el corral. Le robarán por la noche.

Va caminando pensativo de regreso a su casa, tomando la decisión de lo que hará esa noche, asume con valentía los riesgos y los frutos de lo que sucederá, no deja que nada se note fuera de su lugar, lo más importante es que pase lo que pase en su corral cuando caiga el sol, cualquiera que lo vea mientras aún es de día, tenga razones suficientes para pensar que él dormía tranquilamente en su cama mientras tanto. Él los ha visto sin que se enteren y no puede desperdiciar esa ventaja.

Come tranquilo, luego sale al jardín como cada tarde da dos vueltas caminando y se sienta en una banca con los amigos de siempre, platican igual que cada tarde (exceptuando los domingos y jueves), toma un refresco (es abstemio desde que se dio cuenta de que eso le daba una ventaja casi táctica en la mayoría de situaciones), más tarde estrecha la mano de cada uno de sus amigos y más o menos a la hora usual entrega el casco del refresco “Titán de naranja” en la tienda. Todo es exactamente igual que ayer y el día antes de ayer. Es increíble que un cuerpo que se mueve con tanta normalidad lleve una cabeza con pensamientos tan extraordinarios, se sorprende que incluso sus mejores amigos no lo noten, quisiera gritárselo a todo el pueblo desde la torre de la iglesia y de una vez acabar con todo, pero sigue caminando.

Don Leandro ha herido y matado antes, ha recibido balas, en un hombro y la pantorrilla, sin embargo, resulta ser algo casi penoso para él, algo que recuerda muchas veces más de lo que lo cuenta. Tal vez la falta de presunción lo hace más difícil, cuando alguien presume de la manera correcta encuentra validación. La validación del público da una cierta euforia que puede disfrazarse de valor, distorsiona la realidad a nuestro favor, hasta que el público se va y nos damos de bruces con ella y su miedo.

 

22 de Julio, 7:30 p. m. Como el caballero que vela su espada, don Leandro limpia y aceita por un largo rato su Colt 7 petatillos del 11, una de sus más preciadas posesiones: gira la “lunita” que hay alrededor del cañón, retira, limpia y da brío al resorte del carro, aceita los rieles con la dosis perfecta; también pone un poco de aceite en el botón que libera el cargador, así como en el seguro y el gatillo, mete un cepillito por la recámara y limpia en movimientos perfectamente idénticos uno al otro, lo mismo por donde irá el cargador. Con una destreza envidiable, vuelve a armar todo sin dudar un instante cuál es el lugar exacto de cada pieza que abandona la franela sobre la mesita de madera para retomar su puesto dentro de la perfecta maquinaria. Satisfecho, lee del lado derecho escrito en tres renglones: COLT Super .38, Automatic, sonríe al ver el caballito grabado al lado de estas letras. Alternando índice y pulgar roza los petatillos y cuenta: Uno (gatillo), dos (seguro del martillo), tres (martillo), cuatro (liberador de cargador), cinco (tapa del resorte), seis (detrás de las cachas), siete (seguro del carro corredera); corta cartucho y escucha el dulce chasquido del metal al ser liberado cuando tira del gatillo. Con no menos cariño hace lo propio con su rifle de la Policía Rural, un 7mm Mouser. Hecha tiros y cargadores de cada arma a su abrigo, en una bolsa de cuero que colgará de la cabeza de la silla lleva unos prismáticos, una lámpara y unas nueces.

Exactamente una hora después de que cae el sol, sale a lomos de Fulgor por la parte de atrás de su casa, esta da al campo abierto y nadie lo ve, el rocío le golpea la cara.

 

23 de julio, 1:20 a. m. Las primeras horas de un nuevo día lo descubren con doce tiros menos, un tobillo gravemente herido, más respeto por sí mismo a sus sesenta y nueve años, un muerto y un herido a sus espaldas.

Ha regresado a casa, herido con frío y maltrecho. Ahora toca aguantar el dolor hasta el amanecer, su mujer lo ayuda a bajar del caballo y sentarse  en el viejo sofá, ella sabe lo que ha pasado, aunque no se atreve a preguntar detalles, está segura de que en algún momento de los próximos días él se lo contará todo, buscando consuelo, ira, las palabras saldrán, los detalles sobrarán solo para ella. Trae agua tibia en cubeta, hace por liberar el pie del bota, está el tobillo tan inflamado que le resulta imposible.

—Hay que cortar la bota.

—Con las tijeras de lámina, están en el bote, debajo de la mesa del portal.

Logran liberar el pie, ahora al agua con un poco de sal, cuando el agua tibia se torna más fría, su mujer toma su pie entre sus manos y con un trapo humedecido en alcohol marihuana con lo frota con gran  delicadeza y amor.

—He de salir mañana temprano, mañana no trabaja Juan, me toca llevar el pasaje, allá abajo veo a quien me cure. Pero que nadie sepa que algo me pasó. ¿Estamos?

Al amanecer prendió su camión e inició su rutina exacta de cada domingo y jueves (días en los que el chofer que le llevaba el “guajolotero” descansaba). Lo único fuera de lugar fue que su señora abrió el portón de la casa, nadie lo notó. Como ya iba sentado al volante tampoco vieron su pie vendado ni que durante todo el recorrido pisaba el clutch del camión con el talón (y no con la punta del pie izquierdo), tampoco vieron la mueca que hacía a cada cambio de marcha.

En la ciudad vio al doctor, quien lo vendó de una manera más profesional, le recetó pastillas para la inflamación y el dolor, por la tarde ya podía caminar de manera más normal. A quien preguntara por qué manqueaba, le respondería: Fulgor me pisó ayer en la noche cuando lo echaba al solar. A quien preguntara si sabía algo de la balacera de  su corral diría: No sé nada, apenas lo que me cuentas. Ayer salí a tomar una soda al jardín con los de siempre, cené y me fui a dormir, tú me viste. Más bien, esa gente, ya sabes que nunca han andado trabajando derecho, algo debían.

El esfuerzo por fingir que las últimas veinticuatro horas habían pasado con la mayor cotidianidad, había dado sus frutos, los amigos y conocidos que le preguntaron por el tiroteo se quedaron conformes con su respuesta. Aunque por dos meses llevaría la .38 Súper cortada en una funda sobaquera (más al alcance de la mano de lo usual), nunca hubo represalias, pensaron que no había sido él quien atacara o ya le tenían el suficiente miedo, para el caso a don Leandro le daba igual.

Por la tarde confirmó al platicar con un conocido (que regresaba al pueblo en el camión), que el muerto era el amigo de los carniceros, —lo velan hoy en su casa, mañana misa de 4:0 —. También confirmó que el gordito chistoso estaba herido y era el muchacho que dos o tres veces por semana subía junto a su esposa al camión de pasajeros, a partir del mes siguiente y hasta el día en que murió, don Leandro lo ayudaría para subir, lo sentaría en la tercera fila de asientos y cargaría la silla de ruedas en el portabultos, sabiendo que la bala que le destrozó la columna vertebral había salido de su arma.

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