La defensa de lo indefendible: misoginia, centralismo y poder simbólico

Por Macaria España

Celaya, Gto., 29 de octubre de 2025.

La reciente polémica en torno a Paco Ignacio Taibo II no se limita a una frase desafortunada. Es el síntoma de un sistema cultural centralista y patriarcal que reproduce desde la izquierda las mismas jerarquías que dice combatir. La frase —“no mandaría un poemario horriblemente asqueroso de malo, por el hecho de haber sido escrito por una mujer, a una sala comunitaria a mitad de Guanajuato”— condensa dos violencias: una de género y otra territorial. No solo se descalifica la escritura femenina, sino que se usa a Guanajuato como metáfora de castigo, como si la provincia fuera un espacio menor, un sitio de “lectores a los que hay que proteger” de la mala literatura femenina.

La defensa de Taibo II, se sostiene en cuatro ejes: la lealtad ideológica, el respaldo político del gobierno, la idea de “distorsión mediática” y la noción de que existen “enemigos verdaderos” más importantes (como Salinas Pliego o Trump). Esa argumentación revela una estrategia discursiva conocida: desplazar el eje del debate. Cuando se critica el machismo dentro de la izquierda, se responde con el clásico “no hagamos el juego a la derecha”. Es decir, se exige unidad acrítica, incluso cuando la violencia proviene del propio movimiento. Esa es una forma de autoritarismo simbólico: decidir hacia dónde debe dirigirse la indignación colectiva.

En nombre de la “autenticidad popular” y la “rebeldía de izquierda”, se validan las mismas lógicas patriarcales que históricamente han excluido a las mujeres y a las autorías periféricas.

Mi respuesta desde Guanajuato introduce un punto que ha sido sistemáticamente omitido en la discusión nacional: el centralismo cultural. No es casual que Taibo haya usado como ejemplo a una “sala comunitaria a mitad de Guanajuato”. En la imaginación de la élite capitalina —incluso la que se asume progresista—, la provincia es un espacio al que hay que llevar cultura, nunca un territorio desde donde la cultura también se produce. 

Defender a un funcionario público en nombre de la “causa mayor” equivale a negar el principio mismo de justicia social que se dice defender.

Ser de izquierda no es un cheque en blanco. No se puede luchar contra la desigualdad económica mientras se perpetúa la desigualdad de género o territorial. La crítica feminista y descentralizadora no debilita al movimiento: lo fortalece, lo depura, lo hace coherente. Y lo que hoy exige la comunidad literaria, especialmente desde la provincia, es coherencia: una cultura pública libre de misoginia, de centralismo y de impunidad simbólica.

Revisemos cada elemento paso a paso para mayor claridad.

1. Un comentario que no fue un desliz

A estas alturas, todos sabemos lo que dijo Paco Ignacio Taibo II.
Y no, no fue un simple “error de lenguaje”.

Decir que “no mandaría un poemario horriblemente asqueroso de malo, por el hecho de haber sido escrito por una mujer, a una sala comunitaria a mitad de Guanajuato” no es una torpeza: es una revelación. Revela la forma en que una parte de la izquierda mexicana sigue entendiendo el mundo —condescendiente con las mujeres, paternalista con la provincia y ciega ante su propio poder.

Escuché la mañanera pero sobre todo ese fragmento en mi celular, camino a mi trabajo en el centro de Celaya. Mientras andaba por las calles recién barridas con agua y jabón, pensé: otra vez la misma historia. La voz del centro explicándonos qué leer, cómo leer y, sobre todo, qué no merecemos leer.

El problema no es solo la frase, sino el lugar desde donde se pronuncia: la dirección del Fondo de Cultura Económica, la editorial pública más importante del país. Cuando un funcionario cultural se permite usar a una región entera como metáfora de castigo, lo que emerge no es humor, sino desprecio.

2. El castigo simbólico

“¿Por qué hay que castigarlos con ese libro?”, dijo.

La palabra castigar debería helarnos más que el adjetivo horriblemente asqueroso.

Porque detrás está la idea de que hay lectores que deben ser protegidos de la mala literatura femenina, como si el pueblo fuera un rebaño ingenuo que necesita pastores con mejor gusto.
El centro cultural se erige como juez, la mujer escritora como amenaza y la provincia como terreno de redención. Como si el único conocimiento legítimo naciera en el Ajusco o en los cafés de la Condesa.

En ese imaginario, Guanajuato —mi estado, el mismo que Taibo usó como ejemplo— aparece reducido a un escenario de castigo literario. Como si aquí no se leyera, no se escribiera, no se pensara.
Una colega, con un club de lectura, me dijo una vez: “Acá lo que llega, se lee”. Y siguió escribiendo frente a su computadora, sin saber que acababa de resumir toda una ética lectora.

3. Las defensas: el viejo truco de la causa mayor

Ante la crítica, surgieron defensas que van del paternalismo al cinismo.
Algunas voces —de escritoras y escritores afines a la 4T (tengo que enfatizar que yo he sido una férrea militante del Movimiento de Regeneración Nacional, pero tengo congruencia con mis principios y valores)— repiten el viejo argumento: “No hay que distraernos con estas cosas, los verdaderos enemigos son Salinas Pliego, los medios de derecha, Trump.”
Como si el machismo fuera un lujo que solo la derecha puede permitirse. Como si exigir respeto y equidad dentro de la izquierda fuera “hacerle el juego al enemigo”.

Es la trampa del mal menor: disculpar la violencia simbólica en nombre de una causa política superior.
Pero si la izquierda necesita misoginia para sostener su proyecto cultural, entonces esa causa ya está perdida.
Porque no hay transformación posible que se construya sobre la humillación de las mujeres y de las regiones periféricas. 

4. La defensa más violenta

Luego llegó un texto aún más revelador que la frase original: una “defensa” escrita por un autor que, en su intento por justificar a Taibo, destiló lo peor del machismo literario mexicano.
Llamó a las mujeres indignadas “eternas ofendiditas”, habló de “problemas mentales”, de “resentimientos”, entre otros muchos adjetivos peyorativos.
Su tono fue el de quien cree que la insolencia es sinónimo de lucidez.
Esa defensa no solo minimiza la crítica feminista: la caricaturiza.
Es el espejo de una masculinidad que se cree subversiva por gritar más fuerte, cuando en realidad solo repite la voz del patriarca que lleva dentro.

5. Centralismo cultural: la otra forma de violencia

Más allá del género, lo que asoma es el viejo problema del centralismo.
La idea de que la cultura nace y muere en la capital.
Que desde ahí se reparte el canon, la legitimidad y la visibilidad.
Y que los demás —los que escribimos desde el norte, el bajío o el sur— deberíamos agradecer cada migaja editorial como si fuera un milagro.

Decir que “no mandaría un poemario a mitad de Guanajuato” no es solo misoginia: es colonialismo cultural.
Es tratar a la provincia como un campo de experimentación pedagógica donde los libros “malos” son castigos y los “buenos” regalos del centro ilustrado.

Pero lo cierto es que aquí también se escriben libros valientes, incómodos, necesarios.
Se corrigen y se imprimen en casas humildes, a veces incluso son hechos de fotocopias o tinta que mancha los dedos. Solo que no se imprimen con el sello del FCE.
Lo que no hay es micrófono.

6. El privilegio de no entender

Hay una arrogancia en quienes se permiten decir “no fue para tanto”.
Esa frase solo puede pronunciarla quien nunca ha sido silenciado, quien nunca ha sentido que su lugar de origen o su género son excusas para descalificar su obra.
Desde el margen, en cambio, las palabras pesan más porque las oportunidades son pocas y la visibilidad casi nula.
Cuando el poder cultural se burla, no solo hiere: borra.

Por eso las autoras de provincia no protestamos por moda.
Protestamos porque sabemos lo que cuesta escribir sin becas, sin coediciones, sin “contactos”, sin los apellidos que abren puertas.
Y porque entendemos que el desprecio no se disfraza de ironía: se perpetúa con ella.

7. Ser de izquierda no basta

Ser de izquierda no es un blindaje moral.
No se puede combatir la injusticia económica y tolerar la injusticia simbólica.
No se puede hablar de soberanía cultural mientras se ridiculiza a las mujeres que exigen respeto.
Y no se puede construir una política cultural democrática si se sigue gobernando la palabra desde el centro.

La verdadera transformación comienza cuando se escucha la incomodidad, no cuando se la descalifica.
Y eso, hoy, es lo que una parte del país le está pidiendo a su aparato cultural: escuchen.
No queremos discursos, queremos coherencia.

8. Desde el margen

Escribo desde Guanajuato. Soy de izquierda. Pero también la cuestiono. Y tengo todo el derecho de hacerlo. No tengo oficina en el FCE, ni asiento en el SNCA, ni viajes de promoción.
Tengo un cuaderno, una voz y una convicción:
que ningún poema de mujer es un castigo,
que ningún estado es un basurero literario,
y que ningún poder —ni de derecha ni de izquierda— tiene derecho a burlarse de los márgenes.

Porque desde el margen también se hace literatura.
Y, a veces, se hace mejor.

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